A lo largo de nuestro caminar por esta calle, habréis podido observar, mis nobles acompañantes, cómo cada rincón de este trayecto está adornado por la presencia del Convento de las Monjas Mercedarias, cuyos muros, de ser testigos silenciosos, guardan siglos de devoción y trabajo callado
En su interior se encuentra mi estimada tía, la Abadesa4 de la que les hablé al inicio de la visita. ¡Por cierto, tiene unas manos excepcionales! Prepara unos bollos deliciosos que los vende a través del torno.
Los orígenes de estos bollos se remontan a la época musulmana. Su forma es de rosco. Están elaborados con harina, aceite de oliva, almendras, matalahúga (anís verde), sésamo. Estos bollos son muy aromáticos. Son dulces hogareños que los solemos confeccionar en Semana Santa y Pascua y cuando los elaboramos nos perfuman toda la casa avisando a nuestros vecinos que estamos en Cuaresma.
El otro día experimenté una grata sorpresa al visitar a mi tía, ya que tuve la fortuna de descubrir uno de sus más preciados tesoros: un Niño Jesús denominado "El Emperador", una obra de exquisita talla realizada por la renombrada escultora Luisa Ignacia Roldán, conocida como "La Roldana".
Si alzo la mirada al frente, siento una gran pena al contemplar este templo inacabado. Recuerdo que, en el año 1759, tras el nacimiento de mi segundo hijo, durante mis paseos, contemplaba la construcción de un hermoso templo llevado a cabo por los padres Jesuitas. Hombres de profunda fe que aspiraban al bienestar de todas las personas, independientemente de sus creencias y culturas. Ocho años después, nuestro rey Don Carlos5 expulsa a los jesuitas de nuestro país, impidiendo así la culminación de la obra.
Ahora, sigamos adelante por esta senda, y permitidme que os guíe hasta el próximo punto de nuestro recorrido, donde otras maravillas de esta ciudad nos esperan.